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miércoles, 9 de julio de 2014

BENDITO NOMBRE DE DIOS



El día en que Obymar conoció a la que, con el tiempo, llegaría a ser su esposa, no pudo olvidarlo jamás. No es que fuera un sentimental que celebrara festividades de onomásticas ni grabara fechas especiales en el reverso del anillo, sino que casi su destino estuvo a punto de cambiar cuando preguntó el nombre a aquella mujer con la que luego compartiría varios años de su vida.  Burgundófora Cancionila, respondió la joven. Obymar, un tanto molesto y decepcionado, se limitó a contestarle que le agradecía que le diera su dirección y que si no deseaba decirle su nombre, no pasaba nada.

La relación prosperó y Obymar y Burgundófora cambiaron no solo de estado civil, sino de nombre. El la solía llamar Fori y ella a él Obi. Con el tiempo, ambos se confesaron el secreto de sus respectivos nombres: ella culpaba al secretario del Ayuntamiento de su pueblo natal, quien, cansado de los líos que se formaba el cartero por el hecho de que la mayor parte de los vecinos tuvieran un nombre y apellidos comunes y coincidentes, decidió aplicar el martirologio romano cada vez que aparecía alguien a solicitar el asiento de un recién nacido en el registro civil. El, a la necedad e ignorancia de su padre quien, el día de su nacimiento, consultó el almanaque para comprobar el nombre del santo en cuestión y, en sus cortas luces, no acertó a comprender que las siglas abreviadas "Ob. y mar" querían decir obispo y mártir.

Su vida hubiese podido ser normal, si la rutina no se hubiese visto bruscamente interrumpida por la llegada de aquel autónomo emprendedor italiano que eligió para la inauguración de su establecimiento de venta de pan y obrador, los bajos de los pisos de Fori y Obi. La obligada búsqueda del pan de cada día y aquellos rizos ensortijados que hacían destacar unas facciones casi perfectas de una tersa y morena tez en la que destacaban ojos de verde profundo, acabaron por imponerse a la fidelidad de Fori. Comenzaron las bromas sutiles, las palabras cariñosas, las atenciones en el trato y halagos profusos, que acabarían amasando la relación secreta en el Forno de Onesíforo.

Obymar, que no tardó en apreciar el cambio de actitud de su querida Fori, intentó retener su amor con toda clase de mimos y atenciones. Regalaba y dedicaba todo el tiempo libre de su trabajo a compartirlo con su compañera dando grandes paseos románticos, yendo de tiendas y hasta se apuntaron a una academia de baile para aprender flamenco, pero nada pudo competir con el calor del horno y de los apasionados besos de Onesíforo quien,  a aquellas alturas, ya había cocido el corazón de Fori y fermentado su cuerpo con la levadura de su diario encuentro furtivo.

Resignado, Obi aceptó el destino ofertado por su empresa, que había resultado adjudicataria en el concurso para el cableado de fibra óptica de Granada, con la esperanza de que los seis meses de contrato lejos de su hogar, pudieran servir para recuperar a Fori. Deshaciendo o facilitando la relación con el obrador italiano, quizá pudiera recuperarla, pensó.

Llegó Obi a Granada un sábado del mes de mayo y se hospedó en una pensión del Realejo, en los aledaños de la Plaza del Príncipe. Visitó las tascas y buscó, en su primera toma de contacto, restaurantes con menú del día económico. La primera tarde se le hizo larga. Sin conocidos, sin su Fori y fuera del entorno habitual, la adaptación no sería muy fácil, pero el buen dinero del jornal, las dietas por desplazamiento y el ahorro que suponía la ausencia de compromisos en un lugar extraño, no le vendrían nada mal.

El prospecto encontrado sobre la mesa del recibidor de la pensión, anunciaba una zambra flamenca para turistas en la Cueva de la Chumbera del barrio del Sacromonte con actuación de "Paca la canastera y su tablao flamenco". Ello despertó su atención y decidió aprovechar la última velada libre antes de comenzar su primer día de trabajo en aquella ciudad andaluza. Obi preguntó y siguiendo las indicaciones de los viandantes, atravesó Plaza Nueva, la ribera del Darro y el Paseo de los Tristes hasta encarrilar la empinada cuesta del Chapí antes de acceder al Sacromonte. Pagó la entrada y tomó asiento en primera fila para no perder detalle de la evolución de aquellos bailes que él y Fori habían aprendido en la academia. Pidió una botella de fino y se aprestó a contemplar el espectáculo.

Primorosamente colocadas en semicírculo, las sillas de enea se fueron ocupando por sendas bailaoras gitanas a las que arropaban tres guitarristas y un compadre vestido de puro luto con patillas anchas y recortadas a la altura de la barbilla que se ocupaba de la percusión en cajón de madera. Cada intervención era precedida por una explicación sobre el "palo" flamenco siguiente a ejecutar, orígenes y significado.


A cada baile, a cada actuación, la fiebre de la zambra se incrementaba en el ánimo de los espectadores al mismo ritmo vertiginoso que la botella de fino de Obi descendía. Mediada la segunda botella, no se sabe si por los efluvios etílicos o por los contoneantes movimientos de aquella gitana, Obi no pudo más y se arrancó por bulerías. Subió al tablao y taconeó unos minutos con aquella mujer que movía sus manos como abanicos y cimbreaba el cuerpo como un trigal con viento de levante, hasta que fue retirado por dos corpulentos miembros de la raza calé que lo dejaron sentado en su asiento. Al finalizar el espectáculo, Sole, la gitana de las bulerías, en un gesto inusual, bajó del escenario y se dirigió a Obi, quien no sólo se mostró agradecido por el detalle, sino aliviado por la ausencia de consecuencias de su torpe irrupción en el espectáculo.

         - Hola, me llamo Sole, ¿ y tú?
         - Obymar, con i griega - respondió-, pero puedes llamarme Obi.

Compartieron las últimas copas de la segunda botella  y algunas consumiciones más hasta que la cueva quedó vacía. Antes de cerrar, Obi se vio sujetado por los mismos tipos musculosos que horas antes lo habían arrastrado del escenario. Uno de ellos, tras desprenderse del pañuelo negro que llevaba atado al cuello, le vendó los ojos y lo introdujo a empellones en un automóvil.

         - No temas - le susurró Sole-. Quiero llevarte a mi casa.

Atravesaron un cuidado jardín donde limoneros y naranjos se mezclaban con jazmineros y madreselvas. En un precioso carmen del Albayzín, el edificio era una amplia casa de tinte casi palaciego a la que se accedía por amplia escalinata embaldosada que jalonaban  maceteros de tomillo, menta, romero y albahaca, adornándose, en su tejado, por un pintoresco palomar. Despojado de la venda, fue introducido por la anfitriona en los sótanos. Una especie de bodega amplísima repleta de grandes depósitos cilíndricos transparentes rellenos de formol donde flotaban, suspendidos, cuerpos humanos. Al pie de cada depósito, una placa con nombre. Obi comenzó a leer: Tarsicio, Silvino, Sicilio, Ninfodora, Cilina, Gláfida, Filogonio, Hierónides, Meuris, Plautila, Hermógenes,...

         - Soy coleccionista de personas con nombre raro - interrumpió Sole-, y jamás he tenido en mi colección un nombre raro que empiece por O, como el tuyo.

Ante espectáculo tan horripilante y concienciado de su cruel y triste destino, Obi cayó desmayado. Al recuperar la conciencia, se encontró desnudo, con las manos atadas y prendidas de una pluma metálica que iniciaba su ascensión al depósito de formol vacío. Rogó, suplicó por su vida, pero todo era inútil. Se encomendó a los poderes celestiales y tuvo un último recuerdo para su Fori de la que despedirse hubiera sido su último deseo.

         - ¡Fori¡-, exclamó como si del grito del inventor griego más famoso del mundo se tratara. Había, por fin e in extremis, encontrado la solución a todos sus problemas. Mandó detener la ascensión mortífera y retó a Sole a coleccionar el nombre empezado por O más raro que el suyo propio : Onesíforo.

Obi ganó el indulto y su libertad, no sin antes comprometerse ante los dos macizos raptores que pondría a disposición de Sole el preciado trofeo. Y Obi cumplió su promesa. Una falsa oferta de la empresa de don Ceferino Isla González para trabajar con contrato indefinido y excelente retribución en la fábrica de "piononos" de Santa Fé, fue lo suficientemente atractiva e irresistible para que el obrador italiano cerrara su negocio y marchara a Granada.

Obymar regresó a su casa y encontró a su querida Burgundófora a la que siguió amando con todas sus fuerzas, acompañándola a sus clases de baile de flamenco. Y seguro que hubieran vivido el resto de sus vidas felices si Evodio, aquel masajista búlgaro, no se hubiese cruzado en su destino. Pero esa, es otra historia...


12 comentarios:

pallaferro dijo...

Vaya Malvís, nos has conducido a través de una entramada trama con un sutil estilo innovador!

Ahora bien:

Que Burgundófora se llame así por culpa de un secretario del ayuntamiento… vale.

Que Obymar se llame así por culpa de la ignorancia de su padre… bueno, vale.

Que el panadero italiano se llame Onesíforo… bueno, también vale.
Pero Sole? No me puedo creer que una bailaora gitana se pueda llamar Sole! No señor! Por aquí no paso!

Un abrazo,

Malvís dijo...

Hombre, Pallaferro. Yo creía que cuando os "arrastré" a madrileños y catalanes a contempler el espectáculo de flamenco en Córdoba, aprenderíais algo. Allí os explicaron y os mostraron los diferentes "palos": fandangillos, seguirillas, bulerías, soleares, etc.

En este divertimento de nombres "raros", aunque te parezca mentira, el "palo" más raro es que el nombre más común del relato se convierta en lo más raro: ¿ Que hace una "Soleá" bailando por bulerías?.

Un fuerte abrazo

juancar347 dijo...

En primer lugar, la foto de la bailaora y la mención al tablao, me ha traído uno de los recuerdos más gratos vividos en la mejor compañía en una ciudad embrujadora como es Córdoba. Pero lo que me cautiva de verdad, es esa forma kafkiana, entrañable y elaborada con la que nuestro querido Malvís nos introduce en los universos más apasionantes que existen, que no son otros, en mi opinión, que los del alma. Muchas veces, cuando lo leo, me viene a la memoria el cuadro de William Blake titulado 'El Anciano de los Días' (personaje netamente cabalístico) que muestra a un venerable anciano manejando con sus manos los hilos que mueven al mundo. Malvís es ese venerable Anciano: ese Maestro curtido por la experiencia, que maneja con perfecta habilidad unas situaciones donde, con gran modestia, otorga todo el mérito al Destino. Pero el Destino, en mi opinión, no es otra cosa que la Voluntad; y la Voluntad, después de todo y por muy fuerte que sea, termina claudicando ante el empuje de una fuerza incontenible, que se llama Corazón. Saber llevar con buen tino el ritmo de una y otro, ya requiere habilidad: es lo que diferencia la Magistratura de la Literatura. Así que, por favor, no dejes de privarnos de tu maravillosa Magistratura.
Un fuerte abrazo

Ray dijo...

Divertidísimo, Malvís, aunque, en definitiva, se trata de una bonita historia de amor con sabor a vino manzanilla. Y eso es lo interesante: se llamen como se llamen, los protagonistas de ese tipo de historias resultan un tanto cómicos vistos desde fuera, aunque ellos lo pasen fatal...

Gracias por compartir tu fecunda imaginación y un fuerte abrazo, amigo.

Malvís dijo...

Tus comentarios son sumamente halagadores, Caminante, pero no voy a car en la trampa de entrar al trapo de ese calificativo de "venerable anciano" que utilizas como recurso para que, reaccionando en mi defensa, te desvele el secreto de mi edad.
Otro gallo cantaría si supieras que estuve negociando con el calé enlutado tu intercambio por Onesíforo, pero el compadre me dió calabazas: " Ozú, payo, que rarillo ya se le ve que es, pero el nombre es como el de cualquier pretendiente a aforado".

Gracias, amigo. Y un fuerte abrazo

Malvís dijo...

Le puedes dar gracias a dios, a que Sole tiene en formol a Ranulfo, que si no, tú tampoco te libras, querido Ray.

Gracias por compartir mis relatos. Y ya sabes que la próxima vez, tendrás que llevarme a hacer el Camino. Estoy graduado en masajes musculares para espaldas maltrechas y te enseñaré la técnica de Edu cuando tiene que recorrer muchos kilómetros que, en función del tipo de pregunta, se asegura que no pare de hablarle en todo el recorrido.

Un abrazo, amigo.

Alkaest dijo...

Un relato digno de ser contado ante el mismísimo rey Adalrico de Austrasia y de su esposa la reina Berenwinda, cuya hija Odilia fue bautizada por el obispo Erhardo tras consultar con su hermano Hidulphus.
Y juro por la Diosa, que todos esos nombres son rigurosamente históricos.
Así que, por el lado de las rarezas onomásticas, no hay nada que oponer al magnífico relato del "abuelito" Malvís.
Ahora bien, eso de que una moza de la raza calé coleccione -nada menos que en formol- cuerpos de hombres con nombrecitos peculiares... Eso, eso es digno de un Alan Poe.
Nuestro "viejo" amigo Malvís no para de sorprenderme con su inventiva.
Si algún día le "plagio" sus ideas, luego que no se queje.

Salud y fraternidad.

Malvís dijo...

Yo también, Magister, me apunto a tu juramento. Y puedo prometer y prometo que todos los nombres empleados en mi relatillo son verídicos y reales. Y si no, que se lo pregunten a los vecinos del pueblito burgalés de Huerta del Rey.

Y en cuanto a lo del plagio, más sería un honor que tan ilustre y reconocido escritor consagrado se hiciera eco de alguna modesta idea mía. Además, bastante portazgo has pagado para hacerlo con tu regalo de un camión de anís del mono.

Un abrazo

Baruk dijo...

Pues a mi el tal relato me sorprende gratamente, me recuerda una película de Tarantino, ​donde el argumento del primer tiempo no tiene nada que ver con el del segundo y luego hay un cambio de dirección totalmente inesperado que no guarda la lógica esperada para volver a unir el primer tiempo con el segundo e incluso con el último. Lo encuentro genial, y digo que me sorprende gratamente porque por fin nuestro SyrMalvís empieza a transformarse en su relatadora visión, del humor un tanto amargo al que nos tenía acostumbrados hacía el humor más desenfadado, fresco y "sorpresivo". Molt be!!!

Besines en formol !!
*

Malvís dijo...

Muchas gracias, Barukita, por tu impagable consejo en la apreciación de mi transformadora visión relatadora. Recuerdo que una intermitente seguidora de este Mundo de Malvís, pese a reconocer que todos los relatos no eran sino historias de amor, me criticaba ese tono de humor amargo que hacían que no tuvieran, en su opinión, un final feliz. En éste, quizá haya sido por influencia de esos buenos ratos que pasamos con la "charpa" de Cofrades que tenemos en que se cumple el dicho aquel: " NADIE DAÑA A NADIE PERO LAS MALAS JUNTAS SEDUCEN LAS BUENAS COSTUMBRES Y PUEDEN ENVICIAR AL MÀS VIRTUOSO; Y EN SU DEFECTO SI NO CAUSAN DAÑO DIRECTO CAUSAN ESTRAGOS INDIRECTOS QUE TERMINAN AFECTANDO UNA BUENA VIDA... ". O, puede ser que, como dice Ray, esté "horneado" con fino manzanilla. Pero, en fín, bueno está si a tí bueno te parece.

Y en cuanto a lo de ese Tarantino, tendré que informarme de tal personaje. No porque vaya a ver sus películas, sino por informar a la Sole si tiene algún bidón de formol que empiece por T.

Besos muchos ( hasta en conserva).

Pkdclpe dijo...

Querido Manolo,

Me ha alegrado tu relato por dos razones, la primera que me hace suponer que ya estas restablecido de tus padecimientos oftalmológicos. A Mariano le ha costado mucho mas tiempo y yo suponía que a todos les costaba lo mismo, pero veo que a ti te ha ido mucho mejor. La segunda es el relato en si; tienes una imaginación portentosa y una prosa estupenda. Me imagino que llevar la trama a Granada y recrearla en la ciudad donde viviste cinco años que yo sepa, no habrá sido difícil, pero lo de los nombres tiene usía. Mi suegra tenía una hermana que se llamaba Macrina lo que a mi me parecía una cosa excepcional; recuerdo que una vez comentándolo con Tomás, me dijo que en esa zona de Castilla, Burgos y Palencia, eran habituales los nombres raros porque en tiempos, se ponía a los niños el nombre del santo del día. El lo había comprobado en su etapa de Villadiego. Y lo de Granada...., bueno, para que hablar, ¡cuantos recuerdos!.

Un abrazo.

Paco Martínez.

Rubén Oliver dijo...

Muy bueno el relato, aunque debo decir que lo de los cuerpos en formol da cierto repelús, es más, tener cuerpos en formol en casa puede ser hasta de mala educación.
Aporto como experiencia con los nombres la de mi propia familia. Mi abuelo era un cachondo, y ante la llegada de gemelos nombró como "Primitivo" al que nació primero y "Segundo" al idem, del que soy hijo. No sé podrá saber nunca si es mejor ser hijo de un primitivo o de un segundo, Primitivo se hizo cura y yo...fraile...
Un abrazo.


Publicación 2006
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