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martes, 13 de noviembre de 2012

Contra la pereza ... "la Diligencia"




Muchas “ingeniosidades” se podrían escribir sobre la pereza, sobre el noble arte de ejercer la pereza y los efectos beneficiosos que puede producir en espíritus sobreexcitados, pero no vamos a extendernos en ello. Narraremos, no obstante, una anécdota de aquel peculiar condiscípulo de la escuela infantil, el “Mudito”. Así apodado porque a veces, cuando el maestro le preguntaba la lección, se quedaba mudo, no porque no la supiera, sino porque no le daba la real gana contestar.



En aquellos años, cuando todos éramos “profundamente religiosos” por Real Decreto y más concretamente judeo-cristianos, sector católico apostólico y romano, en la escuela nos instruían regularmente sobre los recovecos de la doctrina y los secretos de la espiritualidad. Eso sí, a golpe de palmeta, que bien sabida es la eficacia pedagógica del método LA-LE-CO-S-E: “la letra con sangre entra”, y si de letra religiosa se trata, cuanta más sangre mejor…

Mediante la “pionera” técnica del cántico repetitivo, vulgo “cantinela”, de probada eficacia sobre los intelectos lentos, intentaban sembrar en nuestras incultas mentes –sin mucho resultado, todo hay que decirlo-, entre otras enseñanzas morales de la “religión oficial del Estado”, los venenosos “pecados capitales”, y sus santificantes antídotos las “virtudes”. Quizá alguien, lo bastante mayor, todavía recuerde aquella cantinela monótona, que terminaba indefectiblemente con la misma frase, elevando un poco el tono, tal vez por la alegría de finalizar el “mantra nemotécnico”: “Contra pereza, diligencia”.

Aquel lunes, el “Mudito”, que tenía cierta animosidad enfermiza contra todo lo que oliese a religión, como asignatura obligatoria, examinable y puntuable, al dar por concluido el tercer “bis” de la “cantinela sacra” murmuró algo por lo bajini. Acción que repitió, miércoles y viernes, provocando que el maestro de religión, un adusto sacerdote, lo mirase con cara de sospecha, sin saber bien a qué carta quedarse pues no había conseguido distinguir el exacto contenido del murmullo, hasta que Gonzalito González, alias el “Chiva” por ser el chivato oficial, le sopló que aquellos murmullos eran, nada más y nade menos que una blasfemia, porque el alumno decía “yo me tumbo a ver florecer la pereza”.

El indignado pedagogo, tras “obsequiarle” con tres palmetazos en cada mano, condenó al pecador a estar de rodillas, durante las clases de religión de esa semana y, por si acaso, de la siguiente. Y allá estuvo, nuestro compañero, arrodillado y mohíno, durante las siguientes clases, recitando lo como dios manda. Pero el “Mudito” no era de aquellos que el catecismo llama “mansos de espíritu” y todos sabíamos que tramaba algo.

El sábado por la tarde, para olvidar aquella semana de cansina repetición, pecados-virtudes, nuestra pandilla fue al cine del barrio. En la sesión de las cuatro, ponían una del oeste. Las que más nos gustaban eran las de romanos, piratas y el oeste, aunque no necesariamente por este orden. El “Mudito”, claro está, prefería las de ciencia-ficción, pero por confraternizar nos acompañaba en nuestros “plebeyos” gustos. Aquel sábado, como digo, daban La Diligencia, obra maestra del director John Ford, lo cual entonces ignorábamos y además un rábano que nos importaba.

Al comprar las entradas, el “Mudito”, que tenía encandilada a la vieja taquillera con sus “salidas” y “juegos de palabras”, consiguió de ella un programa publicitario de la película, pero uno de lujo, de esos troquelados en cartón, que en esta ocasión estaba recortado con la forma de la “diligencia” que da nombre a la película. Gozamos como enanos que éramos, gritamos para advertir al “bueno”, abucheamos al “malo”, silbamos a la “chica”, comimos pipas, bebimos refrescos, dimos codazos al de al lado. Lo propio de una buena sesión de cine infantil. Sin embargo, nuestro amigo estaba como ausente, de vez en cuando miraba y remiraba su “programa publicitario”, aquella diligencia de cartón, a todo color, que más de uno ya le estaba envidiando.



Volvió el lunes, con su triste realidad, y llegó la hora de religión. El sacerdote volvió a colocar al “Mudito”, arrodillado y con las manos juntas en oración, delante de su mesa, mirando hacia nosotros, como ejemplo vivo de que el pecado no queda sin castigo. Y para oír al infame, si tenía la mala ocurrencia de reincidir en sus blasfemias, que ya sabía él lo contumaz que podía ser su alumno.

Mientras el maestro se estuvo paseando por la clase, nuestro ladino condiscípulo mostraba un rostro de arrobada devoción y contrito arrepentimiento, pero cuando el clerical pedagogo se arrellanó en su sillón, tras la mesa, ocurrió el prodigio.

El “Mudito”, mudó su piadosa faz por un diabólico rostro. Al llegar a ese inefable in crescendo: “Contra pereza diligencia…”, el maestro aguzó el oído, pero al no escuchar nada fuera de lo normal, se relajó y en su cara se reflejó la satisfacción por haber rendido al díscolo muchacho. Sin embargo, cuando finalizaba el segundo “bis”, en el punto que todos coreábamos: “Contra pereza…”, nuestro amigo, con gran habilidad, rapidez y disimulo, se abrió la chaquetilla para mostrarnos, al tiempo que todos cantábamos “…diligenciaaaa”, el programa cinematográfico en forma de diligencia, que se había colgado de la camisa con un imperdible.

Nuestra primera reacción fue de asombro e incredulidad, en algunos de incomprensión, y en otros de regocijo. La segunda vez que hizo su teatro, ya todos nos regocijábamos abiertamente, pues al que no entendía el chiste visual, se lo había explicado el compañero de al lado. Acabó la clase, y el maestro no comprendía el porqué del soterrado bullicio, pues por más que había aguzado el oído sobre el “Mudito” sólo escuchó de él un recitado completamente ortodoxo. Sin haberle sorprendido, tampoco, en ningún gesto fuera de lugar.

La expectación nos devoraba, porque estábamos seguros que el “Chiva”, siempre tan concienzudo y profesional, le iría con el cuento al sacerdote, hombre que no toleraba la contumacia, o sea la reincidencia. Y consecuencia del turbio proceder del “Mudito”, bien pudiera ser que el siguiente castigo nos alcanzase a todos, quien sabe con qué funestas consecuencias. Sin embargo… no pasó nada.

Miércoles y viernes se repitió, en “sesión continua”, tan diabólica actuación, con el regocijo general, eso sí, reprimido en la medida de lo posible, para no alertar al maestro más de la cuenta. Acabada la semana, acabó el castigo del “Mudito” y su “diligente” actuación. Todos le dimos palmaditas, de admirada felicitación, por su grotesco ingenio y el anduvo, durante un tiempo, más hinchado que un pavo en celo. Aunque, lo que más nos admiraba, era que el “Chiva” no se hubiese chivado al maestro, según tenía por costumbre y oficio. ¿Acaso el Gonzalito González se había relajado en el cumplimiento de “su deber”? ¿Quizá estaba aquejado de secreta enfermedad?

Luego supimos que al “Goliat”, el matón más bruto de la clase, le había hecho tanta gracia aquel chiste “sin palabras”, que había amenazado al “Chiva” con cortarle sus partes si le iba con el cuento al maestro, y para reforzar aquella amenaza le mostró una pequeña navajita mellada, que llevaba siempre en el bolsillo para amedrentar a los pusilánimes. Otro misterio, no obstante, quedó sin aclarar. ¿Cómo había podido entender ese chiste visual el “Goliat”, un bruto en estado puro, integral, que jamás había dado muestras del más mínimo sentido del humor? 

Pasó el tiempo, crecimos, nos dispersamos, y olvidamos aquellas infantiles aventuras repletas de desventuras.

Hasta que un verano, mientras hacía promoción de mis libros por Almería, en un programa televisivo al aire libre de la playa, me tocó compartir plató con otros “artistas”, entre ellos uno que resulto ser ¡el “Goliat”! Quien, contradicción de contradicciones, acudía en funciones ¡de humorista!

Tras reconocernos, no pude contenerme y hube de preguntarle por su actual dedicación, siendo que en la escuela jamás contó un chiste ni prestó atención a los de otros. Su explicación me dejó pasmado, resulta que en su círculo íntimo, fuera del colegio, era todo un personaje contando chistes y haciendo imitaciones, hasta el punto que, en parte porque no valía para otra cosa, acabó escogiendo el humor como profesión y ello con cierto éxito. El misterio sólo consistía en que, entre los colegiales condiscípulos, prefería actuar de bruto, antes que de gracioso, porque nadie se le subiese a las barbas.
¡Para que te fíes de las apariencias!

Abrenoite, el murciélago de “La Fraga” ©.


16 comentarios:

KALMA dijo...

Hola!
Bonito relato el tuyo y es que quien no sepa que es diligencia, ahora sin duda era un chico inteligente, me voy a apuntar su frase como dicho popular ¡Totalmente de acuerdo! Jaja y aunque mis días de escuela son más recientes siempre ha existido el mudito, que en silencio era capaz de copar todas las atenciones, el matón y añado sus secuaces, porque siempre es líder y el chiva que era el que más galletas se llevaba, porque eso siempre ha estado pero que muu feo; tras las caras de niños, tras su apariencia ¿Quién se esconde? Aunque en el cole ni lo hubiese podido imaginar, el caso, que ya a mis taitantos con los que sigo teniendo trato ¡Consiguen hacerme reír! Por cierto, yo era la secretaria de la Directora, jaja, como me echaban de clase por charlatana pues ella me acogía en su despacho, en mi caso ¡El destino estaba escrito!
Besotes!

pallaferro dijo...

Una vez más nos sorprenden las casualidades de la vida, las apariencias engañosas, el "aire" que se respiraba en esas clases, las inocentes bromas pueriles... pero sorprende la foto de ese chavalillo estudiante del General Mola. Hay allí una traviesa mirada que ya parece decirle al fotógrafo: quiere que le ponga una dedicatòria en estos libros?

Bien reencontrado, Abrenoite, por esta nuestra Fraga.

Malvís dijo...

Libre el cielo de golondrinas y vencejos, vuelve a descolgarse del techo del pazo nuestro querido Abrenoite para revolotear, con gráciles piruetas literarias, el espacio de la Fraga. Y nos trae historias y vivencias relatadas por aquel "mudito" que, de mayor, no se quedó manco a la hora de escribir hasta consagrarse en un gran Magister, referente obligado en su especialidad.
Desde el más profundo agradecimiento, releo tu relato con regusto y guiños de travesura infantil y aumenta mi deseo de poder darte ese abrazo, ya tan aplazado.

Esca dijo...

Como en una una peli, los protagonistas de esta como de tantas otras,incluida la vida,son pocos los protagonistas,pero tan antagónicos entre si,la cuestión es desmarcarse a bien o a mal pero desmarcarse y ya de pequeños tienen tablas,los demás son personajes de relleno,el rebaño,puede en el mejor de los casos que tengan su minuto de gloria,en la vida todos somos protagonistas en el principio y en el final ,la pena es que no disfrutamos esos minutos de gloria,no estamos en plenas facultades para ello,
Buena historia señor Alkaest
Un saludo Esca

Alkaest dijo...

La escuela siempre ha sido un "microcosmos" de la sociedad, y lo malo no es suspender los estudios, lo malo es suspender en el aprendizaje de las relaciones humanas que allí, en chiquito, son el embrión de lo que luego nos va a deparar la vida.
Ese es el verdadero valor pedagógico del "cole": la interrelación humana, no los conocimientos "científicos".
No olvidemos nunca que las apariencias engañan, siempre que las dejamos, y que en el "gran teatro del mundo", tan importantes son los actores protagonistas, como los actores de reparto. Unos, sin otros, no son nadie...
Gracias por vuestro interés, Abrenoite promete deleitaros en el futuro con más "aventuras y desventuras" del inefable "Mudito".

Salud y fraternidad.

chis dijo...

Muy divertido, me ha hecho reir. Y también tierno
Un abrazo

RIVIERE dijo...

Me quedo con lo de :"...bruto antes que gracioso..." . Eso me ha "llegao"...
Muy agudo el chiste visual del Mudito...
Un abrazo.

Baruk dijo...

Atrapada por la pereza y a falta de que llegue una diligencia, he decidido repantigarme y leer de nuevo la historia-parábola del mudito, que enriquecida con los comentarios, me ha hecho evocar, las relaciones humanas practicadas en primaria.

Curiosamente, también fui a un grupo escolar “Gral. Mola”, y la verdad, es que el mío, era un centro educativo bastante deficiente y penoso, al menos visto desde la perspectiva actual, pero eso sí, me lo pasaba pipa con los compañeros de cole, tanto en las clases como a la hora del patio, que por cierto, cada día acababa con una gran batalla campal.

Por suerte no tuve nunca necesidad de buscarme ningún Goliat y me defendía yo solita de cualquier indeseable Chiva con una serpiente de trapo a la que rellene con alpiste de pájaro, si alguien se acercaba con intenciones de incordiar, le arreaba con ella.

Ahora, inspirada por la historia del “parlanchín mudito”, historias a cientos acuden a mi mente -tras expulsarme la pereza mental-, y me recuerda diligentemente que las cosas vividas, son doblemente aprendidas si son revividas.

Besines

Anónimo dijo...

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Malvís dijo...

Óle, óle, óle. Tenemos prometida una sabrosa saga de las historias del "Mudito". Y habréis de saber que " Promisión es otorgamiento que hacen los hombres unos a otros por palabras con intención de obligarse, viniéndose sobre alguna cosa cierta que deban dar o hacer unos a otros; y tiene muy gran provecho a las gentes cuando se hace derechamente y con razón; y asegúranse los hombres los unos con los otros en lo que prometen, y se obligan a guardarlo; y hácese desta manera, estando presentes ambos los que quieren hacer el pleito de la promesa, diciendo el uno al otro: "Prometedme dar o hacer tal cosa",diciéndola señaladamente y el otro respondiendo que sí promete o que otorga cumplirlo; y respondiendo por estas palabras o por otras semejantes de ellas, quede por ello obligado, y tiene que cumplir lo que otorga o promete dar o hacer".

Cúmplase lo prometido o si no, que la Diosa Madre os lo demande.

Un abrazo.

Alkaest dijo...

Dice Virgilio en sus Georgicas: "In teneris consuescere multum est", es decir, en román paladino: "Mucho puede la costumbre adquirida en los tiernos años".
Y el "Mudito" adquirió variadas costumbres en sus tiernos años, una beneficiosas, otras perjudiciales, pero nunca adquirió el feo vicio de faltar a sus promesas.
Que bien que le hicieron aprender con sangre aquel latinajo: "Promissio boni viri est obligatio", o sea: "La promesa de un hombre honrado es una obligación".
Y en cumplimiento de su promesa, puede que inaugure el año entrante con otra de sus "fazañas", luchando contra los molinos de la razón.

Salud y fraternidad.

Esca dijo...

"Estaremos al tanto"que se dice por estos lares,seguiré las aventuras y desventuras del "Mudito"en las que a alguno le hace recordar alguna vivencia que otra,
Un saludo Esca

Anónimo dijo...

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Anónimo dijo...

Hi, guantanamera121212

Anónimo dijo...

не факт


Publicación 2006
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