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domingo, 4 de mayo de 2014

Tal como éramos. (El barranco del miedo)



Albanchez de Mágina o de Úbeda, según tu edad o preferencia, es un diminuto pueblo de la alta Andalucía, húmedo, frondoso y circundado de macizos rocosos que lo convierten en una fortaleza natural, a la que únicamente se accede por una intrincada y serpenteante carretera estrecha, olvidada de los presupuestos provinciales. Para representarlo gráficamente, bastaría con mirar un nido de oropéndolas. Así, en lo más intrincado de la espesura y colgado en la propia falda del Aznaitín, que lo acoge amorosamente entre las garras de su imponente fisonomía de dinosaurio petrificado, aparecen tejidas, con gran fragilidad, las casitas blancas del pueblo.

Ni llanuras ni tierras ociosas. Sus calles, antaño empedradas, discurren, perpendiculares, desde la cima del cerro en que se empotra, hasta el barranco por donde discurre el arroyo de sus deshielos.


En Albanchez, sus gentes no andan, escalan. Sus callejas son tan intrincadas y pendientes que resbalar en una supondría descender tres. Y sin embargo, no se recuerda accidente traumatológico de ningún vecino, pese a que su población está constituida, mayoritariamente, por octogenarios. Se diría que la capacidad de adaptación del hombre ha llegado en Albanchez a su grado supremo de mutación y, a diferencia de los plantígrados urbanitas, aquí los pies mutaron en ventosas.


Parece que está en el fin del mundo, porque no constituye lugar de paso a parte alguna. Está allí y únicamente podrás encontrarlo si has decidido ir allí. Es decir, lejos de parecerse a otros pueblos de su entorno que se comunican y surgen en el cruce y confluencia de caminos, para intercambio de ideas y mercancías, Albanchez es, en sí mismo, un destino. Aún más, es el único destino. 

Porque el ramal de carretera que parte para Albanchez no conduce a otra parte y en él se agota. La orografía hace el resto. O, ¿acaso lo uno no es sino consecuencia de la otra?. Tal vez sí, pero cualquiera que sea el motivo, esa característica ha condicionado desde siempre la forma de ser de sus gentes. Gente honesta que gusta del vino nuevo y costumbres antiguas.


Parece que está en el fin del mundo, porque tardó en  conocer el cine y la televisión (los cerros que lo cierran y fortifican impidieron durante décadas la entrada de la “señal”) y son escasas las gentes que lo visitan, por lo que carece de influencias externas que aporten noticias y flujos nuevos de la modernidad que a su alrededor se desarrolla y fluye, con lo que, al paso de tantos años, las tradiciones se han convertido en la capa más impermeable de su desarrollo. Y, sin embargo, apenas se salvan treinta kilómetros se encuentra la Capital, donde se aviva en el alma de los labriegos esa ansia de irse, y que hoy los tiene repartidos por ambos hemisferios.

Nada más pasar la  pronunciada curva del Barranco del Miedo, la carretera se torna empinada en un desnivel que apunta al cielo y que tras una curva a la derecha desemboca en un remanso de terreno – el único- por donde la voluntad del hombre tiene trazada, desde antiguo, la imaginaria línea divisoria de los términos municipales de los dos pueblos vecinos.



Esa línea imaginaria, no sólo deslinda propiedades sino que, desde siempre, ha separado paisanajes y personas y tejido una especie de infranqueable muro de incomprensión que hacía que  cualquier “forastero” que osara cruzarla, acabara siendo sumergido en el Pilar de la Risca como rito necesario para borrar el pecado original que cometió por haber nacido al otro lado del Barranco.

Por eso, el Barranco del Miedo es más que un accidente geográfico. Es la frontera; la puerta de entrada a un lugar, mitad real mitad sueño, con el que resulta fácil la identificación si se es capaz de desprenderse de cotidianas preocupaciones y ambiciones y rebuscar un poco en la ternura infantil necesaria para que todo hombre pueda gustar de sus historias.



Después, la carretera termina su pronunciado y repentino ascenso y divide en dos franjas una extensión plana de terreno donde los olivos conviven con frutales y éstos con una pequeña huertecilla donde se cultivan pimientos, tomates, pepinos y calabazas, en surcos de arroyos horizontalmente trazados y franqueados en sus extremos por matas de albahaca.

Desde la carretera, al lado izquierdo, un camino terrizo jalonado de acequia y pinos, conduce hasta una amplia explanada donde se alza un  pequeño cortijo. Enfrente del cortijo, cuatro nogales y dos higueras, darían al foráneo la impresión de que casi lo ahogan y parecen querer aniquilarlo, pero, sin embargo, lo que en realidad ocurre es que la Naturaleza en su ayuda a todo lo que le es propio, lo disimula y lo ampara. Estás en la Mojonera, en mi fraga.




El cortijo era un cajón rectangular de oscura piedra pizarrosa primorosamente encalada, cubierta por tejas árabes rojizas a las que los líquenes adornaron con redondeles dorados y plateados, como viejas monedas antiguas, entre las que salía un humo vacilante cuando Juana María encendía el hogar. Entonces, también el ventanuco lateral, que nunca tuvo cristales, dejaba salir por entre su enrejado en forma de cruz, un vaho que parecía recordar a un dragón adormecido. Dentro, su rectangular espacio de la única planta se dividía en tres partes desiguales destinadas a entrada (la más espaciosa para albergar aperos), cocina y dormitorio, que se delimitaban mediante sendas cortinas a izquierda y derecha, sin necesidad de obra alguna.


Durante el día, la vivienda de Perico “Ponela parecía un blanco montón de virginal harina de artesa o de sal marina. Durante la noche, su ventana se iluminaba con la luz del carburo que parecía salir de lo más profundo de los olivares. Hoy, su ruina, sólo es un proyecto.

En ella vivieron y continuaran haciéndolo para mí, desde y hasta que la memoria recuerde, Pedro y Juana María. Su hija, Ángela, fue, y sigue siendo, "mi tata".


*****
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Ese Barranco del Miedo, con su pronunciada curva, no es sólo una frontera natural y política del término municipal. Marca mucho más (o al menos así lo percibo). Es susceptible de imbuirte o despojarte de tu propia consideración personal, porque marca el límite entre lo que lo que pensamos que "somos" o el "tal como éramos": franquicia social y convencional que te devuelve a los orígenes, te despoja de pretenciosidad vana y te resitúa, pues nada más comenzar su ascensión, te sientes despojado de la púrpura social que te acompaña. 

Porque durante el tiempo que en Albanchez permaneces, te sientes liberado de ser notario, economista, profesor, perito, abogado, doctor, político o funcionario. Y sólo serás, lo que realmente eres, siempre fuiste y nunca dejarás de ser.


Con el agradecimiento a Javier Catena Muñoz por facilitar estos nombres y apodos.



10 comentarios:

Esca dijo...

Me pregunto Malvis,si el presente tendrá recuerdos?,si serán tan agradables y añorados como los de nuestro pasado?,y si el futuro tendrá pasado,el tiempo y solo el tiempo y no el tiempo pasado si no el tiempo futuro me sacará de dudas,
Que decir de tu pueblo,es el tuyo,
Un saludo Esca

Pktodclpe dijo...

Malvis has estado sembrado de oportunidad. Hoy he vuelto de ese pueblo que esta "colgado como un nido", he pasado por la curva del Barranco del Miedo después de cruzar el llano billete, la frontera, como tu bien dices; he dejado atrás la niñez y sus recuerdos.
Venía con una sensación especial de nostalgia. Recuerda las fechas del 3 al 6 de Mayo; fiestas en honor del Santo Patrón. Y allí me he visto el día tres en el castillo de los fuegos, el cuatro en la misa y la procesión de San Francisco, en el cambio de comisarios, el cinco, en otra misa y otra procesión, esta vez con los hermanos de San Francisco y finalmente,el día seis, otra misa y comida de hermandad con algunos integrantes de la asociación de jubilados, donde han sido homenajeados, entre otros, Felipa la del cuco y Pablo el tite.
Y por supuesto; las cunicas, los puestos de turrones y golosinas, de los cigarros de matalauva, el tiro de pichón; y he creido ver a Felipe, a Valentín billete, a Pedrillo y al tio Martín el pelao, presidiendo la comitiva procesional con Don Antonio Román el cura y Pepitón. A Carmela y a Asunción con sus mantillas, todas de negro muy elegantes y con sus niños detrás, Antoñita,Tomás, Mariano, Manolo y Paquito, que nada mas finalizar el cortejo, se iban corriendo a montarse en el tiovivo y en las cunicas y a corretear con todos esos que se ven en la foto de la escuela de don Francisco.
Era comisaria la prima Fali de la tita Rafaela que me convidó a acompañarla y además a comer morcilla de res, albóndigas secas y con caldo, y a almendraos y hojuelas, y he visto a la Lurdes, a la Carmen y a la Paqui, que están en tu foto de comunión.

La conjunción entre tu relato y mi vivencia esta vez ha sido fuerte. Ha sido la leche, en el sentido estríctamente literal.

KALMA dijo...

Hola Malvís qué bonito, así se describe un pueblo, desde el corazón, desde la ternura del pasado, veo las fotos y parece que ya lo conozco y sin embargo, nunca me he dirigido expresamente a él por lo que siempre lo he dejado a un lado del camino pero todo se volará, ya lo creo, como las oropéndolas ¡Dando "saltitos"!Eso lo veo en el futuro.
Esas calles empinadas guardan tus huellas desde niño, por cierto, que buenos culos tienen que tener tus paisanas jaja. Y en el presente, un beso grande.

chis dijo...

Me ha encantado revivir ese paisaje de olivos y montañas, casas blancas y calles empinadas, fraga de cortijo y Mojonera, castillo enriscado y sonoros topónimos árabes.
Digo revivir por haber tenido la fortuna de vivirlo de la mano de un cicerone que ama lo que muestra, con su familia, su tata y sus amigos en cálida y amistosa acogida.
Todavía tengo el sabor de los andrajos, del aceite, de los dulces "andalusíes" y del anís del mono compartidos.
Me identifico con esa vivencia de lo próximo, donde más y mejor "somos quienes somos".
Un fuerte abrazo

Mara dijo...

Y a ese niño de la esquina inferior izquierda, que mañana cumple años, zorionak!

Mara dijo...

Derecha, derecha... Ains!

Mara dijo...

Disfruto viendo la luz que se cuela hasta la ¿hornacina? donde están las tres botellas.

Las fotos de Pallaferro son una belleza.

Alkaest dijo...

Según el dicho, "la única patria del hombre es su infancia". Un territorio al que siempre querríamos volver, siquiera fuese por un instante y a algunos momentos concretos.
Evidentemente, no siempre "cualquier tiempo pasado fue mejor", pero a veces...

Salud y fraternidad.

juancar347 dijo...

No cabe duda de que el relato tiene que ser mágico a la fuerza, cuando ha sido capaz de 'resucitar' a todo un Magister. Por lo demás, mis recuerdos de Albanchez son todavía una agradable fantasía, como la niebla desciendo de las cimas del Aznaitín, cubriendo de misterio esas calles empinadas que parecen una escalera al cielo, protegiendo los secretos familiares detrás de las encaladas paredes de unas casitas en cuya contemplación se tiene la curiosa sensación de que, después de todo, y quizás por un milagro de los sentidos, el tiempo parece haberse detenido...

Alkaest dijo...

El "Magister" no ha resucitado, es únicamente su alma en pena, que vaga errante del Aznaitín a la Fraga, como un murciélago que ha trasnochado en demasía y ahora no encuentra su cueva...

Salud y fraternidad.


Publicación 2006
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