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lunes, 20 de mayo de 2013

El mejor amigo del hombre




Aburrido por esa galbana que te amilana sin remedio, tras años de la rutina que se había instalado como una carcoma en nuestro matrimonio, salí con la intención de buscar una aventura. Mi cafetería más habitual estaba de bote en bote y vi que aquella preciosidad estaba sola. Pelirroja clara, casi zanahoria, ojos marrones, pómulos latos, labios gruesos y un cuerpo de curvas mareantes.

Acodado en su mesita, me senté a su lado. Ella me miró de reojo y yo, muy educado, solicité su permiso: -¿puedo?. Asintió y me presenté a mí mismo. Lo primero que se me ocurrió, para romper el hielo, fue improvisar una perorata - algo confusa- sobre las excelencias de las tapas típicas de la ciudad y su extraordinario tamaño. Otra mujer me hubiera tomado por un pelmazo charlatán o por un avispado ligón trasnochado, pero ella no. Al contrario. Me contó que llevaba una semana trabajando en la ciudad, donde había encontrado trabajo como organizadora de eventos nupciales y que, ante la crisis del sector en su lugar de residencia, no dudó en aceptar. Que era de origen francés y madre filipina (de ahí, tal vez, sus preciosos ojos rasgados).

Durante los meses siguientes, fuimos al cine un par de veces y en cuatro o cinco a cenar pescado a El Alquián. Nada más. Al parecer sus familiares eran muy estrictos y mi situación familiar, tampoco me permitía excusas que levantaran sospechas.

Por fin, un día de noviembre, aprovechando lo que justifiqué como una reunión de negocios para incorporar a mi cadena de establecimientos de delicatessen las berenjenas enfrascadas, ella había aceptado mi invitación: conocer Almagro.

La recogí a las tres de la tarde, recién salida del trabajo. Llevaba un gracioso bolso de viaje color chicle, pantalón pirata negro y blusa roja. Se sentó en el asiento del copiloto y me besó. Un beso rápido y sonriente. Un beso viajero. Atravesamos Despeñaperros al tiempo que le explicaba historias, detalles y anécdotas de los pueblos que cruzábamos.

A la altura de Manzanares comenzó a llover hasta terminar con una cortina de agua que impedía cualquier conducción insensata, así que tomé el desvío y me dirigí a la gasolinera donde reposté. También compré unas chuches de esas que tienen forma de corazón, de huevo, de osito…y al volver al coche y entregárselas, lo oí por primera vez al tiempo que el cielo se rasgaba con un trueno lejano. Fue un "guau" agudo, con sordina, casi ridículo.

Me volví y allí estaba, en el asiento de atrás, el tercer pasajero. Su cabecita rubia de yorkshire, adornada por un "toto" con lacito, sobresalía del rosado bolso. Otro trueno más cercano y otro ladrido.

Ella rió. 'Es Mongui- dijo. Sólo ladra cuando hay truenos, petardos, cohetes o suenan las campanas o las sirenas'

Intenté explicarle la inconveniencia de transportar un perro y las rígidas normas hoteleras de su admisión, mientras el chucho me miraba, jadeante, con la lengüecilla fuera.

- 'No me gusta separarme de él - afirmó ella con rotundidad- Lo pasaré dentro del bolso cerrado y en la habitación será muy bueno ¿verdad, Mongui?'.

Me negué a discutir con ella. Faltaría más. Un simple chucho no iba a echar a pique mi primera aventura y si el endiablado perrito formaba parte del lote, pues adelante.

Una vez en Almagro, no fue difícil encontrar el hotel. 'Cariño,- me atreví a sugerir- ¿por qué no dejamos a Mongui en el coche?. Le dejamos su pienso y agüita y así se entretiene'.

Cargamos nuestros equipajes. Dentro viajaba cómodamente Mongui. Ella me tomó de la mano y, por un momento, me pareció flotar en una realidad etérea y difuminada. Nos registramos en el hotel. Mongui debía estar acostumbrado a situaciones como ésta, porque ni se movió dentro de su bolso.

La habitación era amplia. No había posibilidad de cama de matrimonio, pero tenía buenas vistas. Mientras yo tanteaba desplazar la mesita de noche para unir las camas, ella se limitó a darle agua a Mongui. Mientras me proponía a abrir el lecho, ella se puso su gabardina y tiró de mí hacia la puerta. -'Habrá tiempo, cariño'- dijo mientras me arrastraba. -'Vamos a pasear por Almagro antes de que se haga de noche'.

Bajamos la escalera y salimos a la calle. Enfilamos calle abajo hasta la Plaza Mayor, justo en el momento que volvía a llover. Nos refugiamos entre los soportales hasta elegir uno de los bares que quedaba junto al Corral de Las Comedias. Entramos. Pidió un café con leche, corto de café, y yo un güisqui que no me dio tiempo a acabar, porque ella ya había abandonado la mesa para plantarse en medio de la plaza, bajo la lluvia, para hacer fotos. La gente miraba. Yo quise llamarla al orden, pero lo único que conseguí fue que me tomara del brazo y me llevara por calles peatonales llenas de casas señoriales con fachadas blasonadas, de vuelta al hotel. Subimos la escalera y nos quedamos embobados observando la ya débil luz del crepúsculo. Después, sentado en aquel pomposo sillón de la galería, ella se sentó sobre mis rodillas. 

               -'Vamos'-, susurró.

El cortísimo trecho desde aquel sillón hasta la puerta fue lo más intenso de aquel fin de semana. En la habitación, la penumbra recortó su silueta. Mongui salió de debajo de la cama justo cuando nos abrazábamos con los ojos cerrados y la respiración jadeante. Se plantó delante de la puerta y ladró.

- '¿ Cómo es que ladra ahora si no hay truenos, petardos, cohetes ni campanas ni sirenas?', pregunté con estupefacción no exenta de cabreo.
 - ' Tiene pipí, y no puede aguantar más. Lo noto en sus ojitos',- contestó desasiéndose de mis brazos y cogiendo, de nuevo, la gabardina.

Operación camuflaje. De nuevo, bolso chicle y perrito dentro. Nada más pisar la calle, Mongui emprendió una marcha frenética de esquina en esquina. Nos llevó por calles dirección a la Plaza de Toros. Exhausto, me rendí. Me senté en el bordillo de los jardines de la rotonda y me dije que aquí paz y después gloria. Entonces, al verme, se acercó a mí dócil y tranquilo y descargó una súper meada de minuto y medio en mis burberrys.

 - 'Ya está ¿ves?. No ha sido para tanto'- me dijo restándole importancia.


          
Nunca la había visto tan guapa. Se cambió de ropa. Un vestido rojo, sin mangas, de largo hasta las rodillas y zapatos destalonados. Yo también me cambié. Más que nada por el barro en la culera y los meados en el bajo de mis pantalones.

Inventé una excusa estúpida para volver a la habitación a recoger el regalo que le tenía reservado, y pronto nos reunimos en el comedor. La cena fue todo lo romántica que podría esperarse. Ensalada y lomo de rodaballo al horno para ella y lomo de jabalí para mí. Brindis con un blanco de la tierra entre bocado y bocado. Gozada total.

Arriba. El delicioso sonido del gozne de la puerta de la habitación abriéndose y, al fin "nuestra noche". Sin más preámbulos, empecé a desnudarme. Ella entró al baño y, al rato, salió con un camisón blanco cortito, de raso. Se aproximó a la cama y, mientras me abrazaba, llamó distraídamente: '-¡Mongui, Mongui¡'.

La ratita peluda no contestó. Yo le sugerí que estaría dormido y que lo dejara en paz, pero ella insistía buscando bajo la cama: ¡Mongui, Mongui¡.

- 'Mongui no está aquí'-, sentenció.
- '¿Cómo que no está aquí? ¿Cómo podría haber escapado si estamos en una cuarta planta?'- pregunté
- 'Cuando subiste por mi regalo.¡Pobrecito mío¡'.
- '¿Qué hacemos ahora?'- inquirí no de buen grado, como quien esperaba la respuesta sabida.
- 'Buscarlo'- dijo ella mientras volvía al cuarto de baño para vestirse.
- 'Mujer- dije- tal vez esté en un rincón del hotel acurrucado cómodamente. Quizá mañana...'.

-¡¡A-h-o-r-a!! ...definitivamente eres una persona sin sentimientos. No se cómo he podido cometer la locura de venir hasta aquí contigo cegada por pasar una noche de pasión'- dijo mientras cerraba por fuera con un violento portazo.

Naturalmente la alcancé en la puerta de la calle y la acompañé en silencio, mientras ella me llamaba miserable egoísta que, a veces, sustituía por egomaníaco enfermizo y otras lindezas de ese tipo. Atravesamos la calle mirando por los rincones y de pronto, en el aparcamiento, bajo el chasis de mi Mercedes rojo, se produjo un ladrido. Ella dio un brinco y se volvió hacia el coche, miró bajo las ruedas y allí estaba el refinado envenenador de mi noche más bella.

Como último favor, me pidió que lo ocultara bajo mi chaqueta mientras pasáramos por recepción. Subimos a la habitación y lo deposité suavemente en el suelo. Ella corrió a ofrecerle pienso en el recipiente del cenicero, que lo devoró en un periquete. Yo pedía perdón de mil maneras, pero todo resultó inútil. No solo rechazó cualquier caricia, sino que separó su cama de la mía todo lo que pudo, puso en medio la mesita de noche y se metió entre las sábanas con su perrito.

Después de volver la he llamado tres o cuatro veces, pero no coge el teléfono. En un rapto de sinceridad, a la vuelta y mientras tomábamos un bocadillo de jamón en Casa Pepe, rompió su mutismo en todo el viaje, solo para decirme que los momentos más románicos de los últimos meses los había pasado conmigo, mientras paseaba por la galería del hotel.

Por mi parte, yo continúo siendo un marido fiel, pero el psiquiatra que sigue mi proceso, me ha dado el alta por derivación al psicólogo. Dice que lo mío no es síndrome ansioso-depresivo ni trastorno adaptativo, sino pura cinofobia.

Nunca he llegado a saber el significado de esa palabreja ni falta que me hace, pero lo que puedo jurarles es que odio a los perros.





17 comentarios:

Baruk dijo...

Sí es que ...lo que no te pase a ti!!

Por cierto: Felicita a Mongui por su cumpleaños, creo que es hoy, no?

Alkaest dijo...

¿Pues no habíamos quedado en que el perro era el mejor amigo del hombre?
¿A ver si va a resulta, que el mejor amigo no es el perro, sino la perra?

¡Cosas veredes, amigo Sancho, que farán fablar las piedras...!

Salud y fraternidad.

juancar347 dijo...

¿Todo un argumento de thriller al más puro estilo Spielberg, sólo para decirnos que después de todo, fue el pobre y sufrido Mongui el que te adoptó a ti y no al revés?. Eso sí, si me hubieran dado la oportunidad de elegir a mi, yo me hubiera quedado con el lomo de rodaballo al horno. Jabalíes, después de todo, hay muchos sueltos por el mundo: de hecho, no hay día que no me cruce con alguno.
Un abrazo y recuerdos al Mongui.

P/D: Por cierto, en Casa Pepe el Tercio no se rinde: todavía continúan siendo valientes y leales legionarios.

KALMA dijo...

¿Tienes una perrita guapa, rubia y abogada? ¡Aquí hay todo un idilio! Hay gente que no lo entiende, pero el vínculo que se llega a crear con "las mascotas" es a veces superior al que se crea con las personas, una simple mirada es suficiente, la sensación de que entiende todas tus aventuras románicas, los animales son así. Besotes.

pallaferro dijo...

Vaya pedazo de historia y muy bien redactada. Con tu estilo fresco.

Me lo creo todo, todo. Pero eso de ir al cine... ¿tú? No sé. Me da que esa parte es inventada.

Un abrazo de feliz cumple,



Malvís dijo...

Querida Barukita, eso, efectivamente me pasa por tener tanta.... ¡ imaginación¡

Pero tratándose de un relatillo de perros, ya sabes que "perro ladrador, poco mordedor"

Y vale,felicitaré a Mongui de tu parte, ya que como no me hace ni puñetero caso, he decidido delegar en él los años.

Besitos

Malvís dijo...

¡ Pues es verdad, Magister¡. Creo que me equivoqué en el título. Debí poner el más "fiel" amigo del hombre, o, El mejor amigo de... su mujer.

Un abrazo

Malvís dijo...

Pasa como en todas las familias: que adoptas a alguien y acaba mandando en la casa y metiéndote en una residencia. Y te juro que lo llevé a Casa Pepe a ver si se le pegaba algo de la disciplina joseantoniana nacional-sindicalista y podía hacer de él un caballero legionario, pero aquel día, el jamón debía ser de recebo.

Un abrazo, Caminante

Malvís dijo...

No es una perrita, sino un macho. Lo que pasa es que lo acicalan con "toto" y lacito de CH y así me luce el pelo. Los transeuntes se confían y arriman sus perros a Mongui creyendo que es perrita y acaban en gresca con lo que me "joden" el ligue. Y lo que es peor, mi amigo Joáqui, Comisario de la policia judicial jubilado y madridista forofo, no sólo lo ataca diciendo en voz alta: ¡ por ahí va ese perro maricón y encima es del Barça¡. Así que lo he tenido que dar de alta en el Mollerusa, C.F.

Besote, Bruji

Malvís dijo...

Pues llevas razón, Pallaferro. Mira, lo del cine, lo del mercedes rojo, lo que conduzco con cataratas y lloviendo hasta Almagro y que conozco a un perro puñetero llamado Mongui, es pura invención literaria, pero... ¡ lo del arte de ligar y la cadena de establecimientos de delicatessen...¡.

Un abrazo de "pasarela".

Rubén Oliver dijo...

Qué rico el perrito...vamos... que un ligue se lleve la mascota al hotel y más si es un perro ya es mal augurio. Son de un servilísmo y fidelidad empalagosa...(al can me refiero...).
El gato del Perich aprueba este relato (Decía: ¿acaso hay gatos policía? pues ya está...)
Un abrazo.

Malvís dijo...

Pues ¡ eso, Rivi, pues eso¡.

Al final acabaré cumpliendo mi promesa de regalarle a alguien un lindo gatito.

Mucos... ¡ ultra-levura¡

Pilar Moreno Wallace dijo...

¿es el perro el mejor amigo del hombre ...? por lo menos un "personaje" importante en este texo tan interesante.

Un abrazo

chis dijo...

Fresco relato, en el cual el perro anda tan fresco y el humano (que no el perrito) caliente.
Un abrazo

Malvís dijo...

Ingenioso y divertido comentario que, viniendo de quien viene, más me parece un diagnóstico. Oiga, doctor ¿ cree que lo mío tiene cura?. Un abrazo, querido amigo

chis dijo...

Yo creo que sí tiene cura, pero sería peor el remedio que la enfermedad.
Sigue así, como eres, no te "cures"
Un fuerte abrazo

Juan Carlos Moreno dijo...

Sé que los amas!!


Publicación 2006
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